El barro que se niega a ser olvido

En Juan Sánchez, un rincón caluroso a orillas del rio Magdalena en el sur de Bolívar, ese barro tiene nombre de mujeres: Licho, Temilda, María y Celia. Cuatro maestras alfareras con más de sesenta años a cuestas, siguen hundiendo las manos en la arcilla para dar forma a tinajas inmensas. Lo hacen con un ritmo propio, casi como un rezo, usando la técnica ancestral del “rollo tinajero” que aprendieron de sus abuelas. Viéndolas trabajar, uno entiende de golpe que amasar la tierra significa, en el fondo, negarse a olvidar. Es así como en el barro, tierra mojada, materia densa, se guarda un rastro del tiempo cuando este decide detenerse.
Hace unos años, cuando desde El Árbol del Magnolio llegamos por primera vez a este corregimiento en enero de 2023, nos topamos con un silencio incómodo: Las nuevas generaciones querían alejarse del barro. Y quién podría culparlos! Era un oficio asociado con la falta de oportunidades, de manos agrietadas y cansancio acumulado. Los jóvenes preferían mirar hacia las retroexcavadoras de la minería ilegal, esas mismas máquinas que prometen dinero rápido mientras asfixian el ecosistema, devoran las riberas del Magdalena y contaminan el agua que sostiene a la comunidad. El saber corría el riesgo de apagarse, quedaban estas cuatro mujeres, unos conocimientos sueltos y un entorno natural herido, pidiendo oxígeno a gritos.

Nos sentamos a escuchar las historias, a amasar con ellas esa tierra que conocen de memoria, vimos juntas secar el barro al sol y una de esas tardes largas de conversación nació lo que hoy llamamos la Escuela de Barro. Un espacio vivo —inaugurado formalmente en 2024— donde las nuevas generaciones tienen la oportunidad de amasar el barro con un propósito renovado. Las maestras asumieron su lugar frente a los aprendices, como las guardianas inquebrantables de la identidad de su territorio.
Empezamos a caminar el entorno de la mano del biólogo Álvaro Cogollo y nos dimos cuenta de que la inspiración siempre estuvo ahí, tirada en el piso. Botones de ceiba, nísperos, mafufos, coquillos. Frutos nativos que resisten estoicamente en el bosque seco tropical, uno de los ecosistemas más amenazados de Colombia.
¿Y si la arcilla cotidiana pudiera transformarse en un manifiesto para defender ese bosque?
Así nacieron Los Frutos. Y fueron los niños quienes tomaron la posta. En la Escuela de Barro, inspirados en esas especies nativas que los rodean, las niñas y niños de Juana Sánchez empezaron a moldear la vida de su territorio. Sus pequeñas manos replican con barro las formas de la ceiba y el níspero, encapsulando la naturaleza amenazada en piezas detenidas en el tiempo. Cada fruto que sale de sus manos y del horno artesanal, consolida una economía popular capaz de plantarle cara a la devastación minera, demostrándole a la comunidad entera que de la tierra se puede extraer un sustento digno, sin destruirla.
Cuidar es un verbo que nos exige acción. Cuando una de estas semillas o tinajas viaja desde Juana Sánchez hasta una casa en otra ciudad, lleva consigo el pulso de Licho, Temilda, Maria y Celia. La carcajada del niño que amasó y pisó la arcilla húmeda junto a su familia, aprendiendo a amar el bosque seco. A veces, el arte decide alejarse de las paredes blancas de los museos para tomar la forma de un pucho de barro rojizo salvado del olvido. Y nos recuerda que, mientras las nuevas generaciones estén dispuestas a moldear la historia, el futuro siempre tendrá de dónde echar raíces.
Ani Mesa Escultora



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