Las raíces de nuestro magnolio

La primera vez que crucé la puerta del taller de Ani, algo en mi hizo clic. La caminata siguiéndola entre sus obras, me insinuaba que su trabajo tenía una cadencia distinta, una respiración propia: ella, su obra, el espacio y la forma de disponerlo todo, me cautivó por completo. Había una sensibilidad en su manera de hacer casi reverencial al tratar la materia que te obligaba a prestar atención.

Desde ese mismo momento supe que quería estar cerca de esa forma de ver el mundo.
Ella ya llevaba tiempo completamente fascinada con el árbol de magnolio de su jardín. Lo había estado observando e investigando a fondo, con esa mirada curiosa que tanto la caracteriza; Había descubierto cosas increíbles, por ejemplo que su flor es sumamente efímera, pero que al marchitarse deja atrás una semilla recia y resistente, casi parece fosilizada. De repente todo lo mágico en esa especie empieza a brotar ante mis ojos.
Resulta que los magnolios son literalmente fósiles vivientes; llevan tanto tiempo habitando este planeta que evolucionaron para ser polinizados por escarabajos, muchísimo antes de que las abejas siquiera existieran. La primera flor que vio la tierra fue esta aromática especie y ese pequeño/gigante ecosistema, silencioso pero invencible, la inspiró profundamente.
Cuando llegó el 2020, Ani decidió que toda esa maravilla natural tenía que compartirse y propuso hacer una exposición. Empezó a convocar a un gran equipo de personas de diversos lugares y lo que arrancó como un impulso para montar una muestra artística fue cobrando una fuerza tal que, casi sin darnos cuenta, mutó orgánicamente hacia un proyecto inmenso. 6 años después, aquí estamos juntas.
Desde mi esquina en España, me enfoqué en darle forma a la curaduría estratégica para llevar nuestra visión a otros lugares. Soñamos con que El Árbol del Magnolio fuera una plataforma viva, un refugio donde el arte, la memoria, la naturaleza y el cuidado estuvieran entrelazados. Hasta le pusimos un nombre a nuestra manera de hacer las cosas: Una Curaduría del Cuidado, o curaduría afectiva -como luego descubriría que había sido impulsada por Kekena Corvarán.
Ambas sentíamos una urgencia inmensa de volver a lo tangible. Andamos todos tan desconectados hoy en día que trabajar con los oficios tradicionales, volvió a ser necesario, más bien vital. Nos propusimos investigar, conocer, reconocer saberes vivos, de los que en nuestro país abundan, como una de esas técnicas preciosas que ya solo conservaban cuatro personas en la región. Así le fuimos dando vida a nuestra escuela de barro, con todo lo que significa poner en manos de los niños el conocimiento…llevar esta experiencia a nuevos espacios, y ver a alguien llegar agotado de la rutina, sumergirse con la tierra en un taller y simplemente reconectar consigo mismo, nos cambia la perspectiva.
Los caminos también nos llevaron a explorar los hilos, trabajando de cerca con proyectos vinculados a las mujeres del Cauca. En esos encuentros sentimos cómo tejer funciona como una tecnología de memoria y resistencia: las piezas textiles son en si mismas lenguajes, sanan y sostienen relatos comunitarios invaluables. Cada paso que hemos dado ha sido la antesala de una nueva experiencia, de una comunidad por descubrir, de un saber con el cual entrar en relación. Así, hemos tejido un rizoma que toma forma y se adentra en las entrañas de múltiples ecosistemas de mujeres que sostienen, cuidan y salvaguardan.
Cada artista y cada saber compartido nos ha enseñado a habitar esos pasos con presencia absoluta. Nos ha acercado a artesanas y sabedoras, ampliando las maneras en que entendemos la creación, el territorio y el cuidado.
Hoy, al mirar hacia atrás, reconozco cómo esta iniciativa ha ido echando raíces. Hemos abierto espacio a nuevas formas de imaginar la gestión cultural, hemos llevado exposiciones, laboratorios y experiencias desde Jericó hasta Madrid, y, de algún modo, seguimos aprendiendo de la tenacidad de ese mismo árbol: florecemos con cada nuevo proyecto y procuramos que, a nuestro paso, permanezca siempre una semilla fértil en la tierra.
Maisa Covaleda.



🫶